La esencia de la plaza de abastos


Encontrarse con gente, intercambiar ideas, que la dependienta te llame por tu nombre, el olor a pescado, que la fresas sepan a fresas, que la carne sea tierna, que las señoras choquen con los carros, que el señor del sombrero lleve el sombre debajo del brazo, que te den la vuelta contando las monedas en voz alta. Que te deseen buen día, que la frutera sin guantes manosee la fruta para hacerte ver que está en el punto justo, que las palomas se cuelen entre los cristales rotos de las vidrieras, los dulces artesanos. El calor del asador de pollos. El suelo húmedo, los espejos de la pescadería y las vueltas de chorizo colgadas a la altura de los ojos, 'les fabes' a granel. El café del bar justo al lado de la entrada, el ramo de claveles amarillos. Los carretillos. Los chascarrillos entre tenderos y los huevos de casa. Todo esto y mucho más es la esencia del mercado tradicional. La plaza de abastos de Mieres pasa inadvertida, pero por su estructura ya han pasado más de cien años. Reformada en varias ocasiones, y con varios puestos cerrados, está situada en el corazón de la villa. Por semana es el punto de encuentro de las pandillas de amigos jubilados, el domingo es un auténtico hervidero. Y por mucho tiempo. 


Y precisamente en ese encontrarse con gente, y en ese intercambiar ideas. Se acaba hablando con personas de lo más interesantes. Personas de buen corazón, que tienen una gran historia. Personas que resultan ser el último bastión de una familia pionera, con más de un siglo de historia dedicada a la atención al público, a la selección y venta de productos de primera. Espero poder contárosla muy pronto...